miércoles, 25 de mayo de 2016

CARTA AL CARTERO

Dirección postal:


Sr. Cartero


Remitente:


El que escribe



Hola, ésta es una carta que hace mucho tiempo que te quería escribir. Lo he pensado muchas veces, y nunca me había atrevido a hacerlo, porque es raro, atípico. Pero sí, al final me he decidido a hacerlo. Espero sinceramente que estes leyendo ésto porque te hayas decidido a abrir el sobre, obviando la sorpresa o cualquier pensamiento de desconfianza o recelo. Quisiera saber más de ti. Ya sé que este no es el modo, ni la forma. Ya sé que no te conozco, ni tu a mi. Sé que somos aún menos que cualquier vianante que se cruza con otro por la ciudad, o si me pongo, que cualquiera dos ciudadanos de una misma ciudad que nunca llegan a cruzarse.

Así son las cosas muchas veces, y por eso hoy quiero romper el hielo. Ese hielo frío que hace que nunca nos hablemos, ese frío que congela los gestos por la calle y que hace que el invierno sea más difícil de sobrellevar. ¿Cómo es tu vida? Sí, esto es una “locura”. Pero sinceramente, si has llegado hasta aquí, de perdidos al río, me da igual. Yo te voy a preguntar, y albergaré la esperanza de recibir una respuesta algún día. Mi vida ahora es muy aburrida, aburrida por difícil, porque no encuentro motivos. Porque tengo miedos. “Sí”, “esto lo explica todo”...dirás... Bueno, si y no. Siempre he sido un soñador, así que este sueño, si te soy sincero, lo tengo desde chiquitito. (¿Que pasa si le escribes al que reparte las cartas? ¿Qué ocurre si escribes al que nunca en su vida esperaría una carta, no “ahora”?) Somos tabla de nuestra propia salvación, pero todos necesitamos un hombro para llorar, aquí te ofrezco un papel, una luz, un algo, por si tu también estás un poco perdido, y ya no digo por las calles. Esas seguro que las conoces al dedillo, o eres nuevo? Imagino el bochorno de la situación de abrir un sobre en el que pone Sr. Cartero y empezar a leer una carta que no es una reclamación, ni una broma, sino un mensaje para iniciar una amistad.

En realidad si lo piensas, no es tan raro, quiero decir, tú eres una persona, está claro que alguien tiene que repartir las cartas, de momento no tenemos la tecnología suficiente para que lo hagan solas, solo en las pelis. Y yo, también soy una persona. Y te estoy escribiendo, aunque no nos hayamos visto antes, aunque tu trabajo sea colocar cartas en buzones y conducir tu moto (o bicicleta, o ...¿vas a pie? Mi tío es cartero también y va a pie, quién sabe. Bueno, a lo que iba, ahora supongo que estarás en casa, o a lo mejor en medio de la calle, entre casa y casa te he pillado, o ...sí, calculo yo que si éstas letras lees, debes estar en la oficina de Correos. De pequeño yo quería ser cartero, me imaginaba que la oficina de correos era un lugar que más tarde descubrí ausente y artificial: sólo existía en mi mente. Me imaginaba un lugar circular de grandes estanterías, altísimas, como si de un panteón se tratase, y en el hueco de cada estantería una ventana hacía un lugar diferente. Casualmente había ventanas suficientes para cada ciudad y cada pueblo y cada país. El cartero o cartera llegaba a su templo de viajes y escalaba una estantería que podía ser altísima como de 50 metros, pero no tenía miedo, iba protegido por una tela invisible que había adquirido en la entrada. La estantería iba escrita en el sobre, así que sólo había que escalarla y entrar por el hueco que tocase. Al final yo suponía que uno se acostumbraba a saber adónde llevar cada sobre, por intuición, y cuando coincidían muchos, pues larga la noche y ya está. Ser cartero debía ser un modo de vida, una forma de vivir.

Porque para volar con el saco a lo “papá” noel había que tener mucha vocación. Estirar los brazos y sobrevolar la ciudad y, al llegar a la casa en cuestión, situarse en vertical y a caer suavemente mientras sentías la brisa y el gusanillo en el estómago de estar cayendo. ¿Cómo no iba a querer ser cartero? Luego descubrí, porque mi tío se hizo cartero, que era todo muy distinto, lo descubrí al tiempo que muchas otras cosas, y la verdad fue una gran decepción. La época en la que descubrí que cuando salías de tu habitación los muñecos no hablaban y hacían sus cosas antes de volver corriendo a situarse cada uno en su lugar justo antes de que volvieras a entrar, y la época en la que se desvelaron para mi muchos otros secretos que quizá nunca hubiera querido saber. ¿Qué sientes sobre la infancia? Pienso que muchos sueños se nos quedan por el camino, y por eso de camino entre que este se perdiera, he cogido la delantera, lo he pillado por banda, he cogido papel y lápiz y lo he transformado en realidad.

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